Innovación genética y viveros vitícolas: el punto de partida del viñedo del futuro


Características intrínsecas del vino se definen desde la naturaleza de cada planta que integra el viñedo. Elegir la variedad correcta, los clones y los portainjertos son pasos claves para el éxito vitivinícola. 


En vitivinicultura, todo comienza con la planta. La calidad de la uva, la adaptación al clima, la resistencia a enfermedades y el potencial enológico del vino están profundamente condicionados por la genética del material vegetal que se implanta en el viñedo. Por eso, en los últimos años, la innovación genética y el trabajo de los viveros vitícolas han adquirido un papel cada vez más estratégico para el desarrollo del sector.

La vitivinicultura mundial atraviesa un momento de transformación impulsado por factores como el cambio climático, la presión de nuevas enfermedades, la necesidad de producir con mayor eficiencia y las exigencias crecientes de los mercados internacionales. En este contexto, elegir correctamente las variedades, clones y portainjertos se vuelve una decisión clave para el futuro de cualquier proyecto vitivinícola.

La genética de la vid ya no se limita a reproducir plantas tradicionales: hoy implica investigación, selección clonal, certificación sanitaria y desarrollo de variedades adaptadas a nuevos escenarios productivos.

El nuevo escenario para el material vegetal

Durante décadas, muchas fincas vitivinícolas se implantaron con material vegetal cuya selección no siempre respondía a criterios técnicos rigurosos. En algunos casos se utilizaban plantas de origen desconocido o con escaso control sanitario, lo que podía generar problemas de enfermedades de madera, baja productividad o irregularidad en el desarrollo del viñedo.

Hoy la tendencia es diferente. Cada vez más productores buscan plantas certificadas, con origen genético conocido y garantías sanitarias, capaces de ofrecer mayor estabilidad productiva a lo largo del tiempo. Los viveros especializados cumplen un rol fundamental en este proceso, ya que son responsables de producir y multiplicar material vegetal de calidad, adaptado a distintas condiciones de suelo, clima y manejo agronómico.

“Trabajamos con 10 portainjertos y cerca de 60 variedades. Cada variedad y cada clon presenta características propias, en función de su ciclo”, comentó Víctor Barroso, propietario de Vivero San Nicolás, una de las instituciones de referencia en la producción mendocina.

En cuanto a la elección de una variedad, el experto explicó que las variedades vitis viníferas presentan distintos ciclos, con cosechas más tempranas o tardías, tanto en blancas como en tintas. “En función del lugar y de las condiciones climáticas, el productor debe definir la elección varietal”, afirmó.

“Hay múltiples alternativas que dependen de la zona, el tipo de suelo y el clima. Esto no solo se observa a nivel global, sino también dentro del país, con una gran diversidad de condiciones en regiones como Cuyo -Mendoza y San Juan-, el sur -Neuquén y Río Negro- y el norte -Salta y Jujuy-, además de zonas como Buenos Aires. Existen desde áreas lluviosas hasta regiones áridas, climas cálidos y fríos, y suelos que van desde pobres hasta muy fértiles”, enumeró Barroso.

Justamente este contexto es fundamental para cada productor. “La elección del material vegetal y del sistema productivo responde al objetivo del productor: calidad, volumen o elaboración de bases. A partir de esa demanda, nosotros desarrollamos las plantas que mejor se ajustan a cada necesidad”, sumó.

La importancia del material vegetal certificado

Desde Vivero Mercier, empresa con trayectoria en la producción de plantas de vid, destacaron que la calidad del material vegetal es uno de los factores más determinantes para el éxito de un viñedo. La firma trabaja en la multiplicación de plantas certificadas y en la selección de clones adaptados a diferentes condiciones productivas. 

Según explican desde la empresa, elegir correctamente la variedad, el clon y el portainjerto permite mejorar la sanidad del viñedo, optimizar el rendimiento y asegurar una mayor longevidad de la plantación. 

“El vivero desarrolla un programa integral enfocado en innovación genética y adaptación. Las principales líneas incluyen la selección de clones de Malbec con mayor tolerancia a altas temperaturas, el estudio de nuevas variedades resistentes a enfermedades fúngicas obtenidas por hibridación, y la evaluación de portainjertos de alto vigor con tolerancia a sequía”, comentaron Daniel Bergamin y Laura Bree, los responsables de Vivero Mercier.

Como contaron desde la compañía, además, se analizan variedades no tradicionales y se implementan bloques de plantas madre certificadas, libres de virus, garantizando sanidad y trazabilidad. Este enfoque posiciona al vivero como referente tecnológico en el sector vitivinícola.

“Hoy los productores están buscando principalmente, plantas certificadas en sanidad e identidad genética, junto con variedades resistentes y de alta eficiencia hídrica, claves para asegurar productividad y sostenibilidad”, añadieron Bergamín y Bree.

Cambio climático y nuevas (o antiguas) variedades 

Uno de los principales desafíos que enfrenta la vitivinicultura global es el impacto del cambio climático sobre el comportamiento de las variedades tradicionales. El aumento de las temperaturas, los cambios en los regímenes de lluvias y la mayor frecuencia de eventos climáticos extremos están modificando el equilibrio natural de muchos viñedos.

Frente a esta realidad, los investigadores están trabajando en el desarrollo y selección de variedades y clones capaces de tolerar mejor el estrés hídrico, adaptarse a temperaturas más elevadas, resistir enfermedades emergentes y mantener la calidad enológica de los vinos

“En el tema varietal, en el INTA, se han analizado más de 300 muestras de viñedos antiguos de distintas localidades del oeste de Argentina, concluyendo que la diversidad de cultivares argentinos y sudamericanos es mayor de lo que se creía. Actualmente, se cuenta con una colección de más de 60 variedades rescatadas que se evalúan en su potencial enológico. Esta diversidad genética, patrimonio vitícola de Argentina y de Sudamérica, constituye una herramienta valiosa como alternativa de diversificación y de adaptación al cambio climático”, aseguraron expertos de la EEA Mendoza y la EEA Junín INTA.

Actualmente, la colección de vid del INTA en Mendoza es una de las más importantes a nivel mundial, destacándose como la mayor del hemisferio sur. Está ubicada en Luján de Cuyo y es considerada un banco de germoplasma clave que conserva cerca de 700 variedades de uvas, incluyendo criollas, portainjertos e híbridos, fundamental para la investigación genética y la enología.

Innovación aplicada al vino

Todo el trabajo realizado en la selección clonal y la innovación genética, para las bodegas se traduce en vinos de alta calidad. Ejemplo de esto es la línea Cornelie de Bodegas Salentein, 100% Pinot Noir elaborada a partir de los clones de Dijon 115, 667 y 777 plantados en San Pablo a 1.300 metros de altura. 

La elección de estos clones no fue casual, sino el resultado de años de estudios del terroir que la bodega posee en una de las zonas más altas del Valle de Uco. Estos “clones de Dijon”, por la ciudad francesa de Borgoña de donde provienen, fueron plantados hace ya casi 20 años. 

Más allá de representar al mismo varietal y compartir las prácticas enológicas, cada uno de los clones presenta características únicas y expresa al Pinot Noir a su manera, lo que habla de la importancia que tiene la genética en la elaboración del vino.

El rol de los portainjertos

Además de la variedad, otro componente fundamental del material vegetal es el portainjerto, la base sobre la cual se injerta la planta de vid. Los portainjertos influyen en aspectos clave del desarrollo del cultivo, como el vigor de la planta, la adaptación al tipo de suelo, la tolerancia a salinidad o sequía, la resistencia a plagas del suelo y la eficiencia en el uso del agua. 

La elección correcta del portainjerto puede marcar la diferencia entre un viñedo productivo y uno con dificultades de desarrollo. Por esta razón, los viveros modernos trabajan con programas de selección y evaluación de portainjertos adaptados a diferentes regiones vitivinícolas.

“Hay materiales vigorizantes y desvigorizantes, con ciclos más largos o más cortos. De esa manera, el productor puede elegir, según la zona en la que se encuentre, cuál es el más adecuado. Hoy en Mendoza, el más difundido es el 1103 Poulsen, un portainjerto muy vigorizante que permite un gran desarrollo radicular y le aporta más vigor a la púa vitivinífera. Esto favorece una mayor exploración del suelo y una mejor extracción de agua, lo que se traduce en una mayor capacidad de adaptación frente a condiciones adversas, especialmente en suelos pobres o pedregosos”, comentó Víctor Barroso de Vivero San Nicolás.

Como detalló, otro portainjerto interesante es el Ramsey o Salt Creek, con un vigor similar. “También hay opciones como el 5BB, de ciclo más corto, que en varietales como Pinot Noir, especialmente en zonas del sur como Neuquén o Río Negro, se adapta mejor a esas condiciones”, detalló Barroso.

1103 Poulsen, un portainjerto muy vigorizante

Beneficios de incorporar innovación genética

La adopción de material vegetal certificado y genéticamente seleccionado ofrece múltiples beneficios para el sector vitivinícola. Entre los principales se destacan una mayor sanidad del viñedo, ya que las plantas certificadas reducen el riesgo de enfermedades; una mayor productividad, porque las selecciones clonales permiten mejorar el rendimiento.

También se puede lograr una mejor adaptación al ambiente, debido a que las variedades adecuadas responden mejor al clima y al suelo; una mayor calidad enológica, dado que el material vegetal influye directamente en el perfil del vino; y una mayor longevidad del viñedo, porque un viñedo implantado con material de calidad puede mantenerse productivo durante décadas.

Los riesgos de no innovar

Los viñedos implantados con material vegetal de baja calidad o sin control sanitario pueden enfrentar diversos problemas productivos como un menor rendimiento; mayor incidencia de enfermedades de madera; menor vida útil del viñedo; mayor costo de manejo agronómico; y pérdida de competitividad frente a explotaciones más tecnificadas.

En un contexto donde los mercados internacionales valoran cada vez más la calidad y la trazabilidad del vino, contar con un viñedo bien implantado se vuelve una ventaja estratégica.

Financiamiento para nuevas plantaciones y tecnología

Para quienes proyectan renovar o implantar nuevos viñedos con material vegetal certificado y tecnologías asociadas, existen herramientas de financiamiento disponibles en el sistema productivo. 

El Fondo para la Transformación y el Crecimiento de Mendoza (FTyC) cuenta con programas como la Línea de Financiamiento para Reconversión Productiva Agrícola, destinada a proyectos de modernización y desarrollo de explotaciones rurales, con plazos que pueden alcanzar los cinco años y tasas subsidiadas que actualmente rondan entre el 30 % y el 40 % anual, según condiciones vigentes. 

En paralelo, el Banco de la Nación Argentina ofrece líneas de crédito para inversión productiva orientadas a mipymes agropecuarias, que permiten financiar implantación de cultivos, compra de plantas, infraestructura y equipamiento. Sin un límite de montos en pesos y en dólares, se puede devolver en un plazo de hasta 360 días en pesos, amortizable o con pago único al vencimiento, mientras que en dólares, hasta 180 días con pago único al vencimiento.

Estas herramientas facilitan que productores y bodegas puedan planificar inversiones estratégicas distribuyendo el costo a lo largo del tiempo. 

La vitivinicultura es una actividad donde las decisiones que se toman hoy pueden influir durante décadas. Implantar un viñedo implica apostar al futuro. En ese contexto, la innovación genética y el trabajo de los viveros vitícolas representan el primer paso para construir viñedos más sanos, productivos y adaptados a los desafíos que plantea el nuevo escenario climático y productivo del mundo del vino.