Las nuevas condiciones pueden generar modificaciones directas en la fenología de los cultivos y cambios fisiológicos en el rendimiento y potencial enológico. Qué soluciones pueden encontrar los productores.
El cambio climático ya no es una amenaza futura: está ocurriendo hoy, en las viñas argentinas y del mundo. Las temperaturas medias aumentan, las lluvias se vuelven más erráticas y los eventos extremos —heladas tardías, olas de calor, granizo y sequías prolongadas— se repiten con mayor frecuencia. Para el sector vitivinícola, donde el equilibrio entre clima, suelo y cepa define la calidad del vino, el impacto es profundo.
El termómetro del viñedo está subiendo
Los registros de los últimos 30 años muestran un aumento sostenido de la temperatura media anual en regiones como Mendoza, San Juan y el Valle de Uco, con diferencias de hasta 1,5 °C respecto de décadas anteriores. Este incremento altera los ciclos de la vid: la maduración llega antes, el contenido de azúcar aumenta y la acidez natural cae. En consecuencia, los vinos tienden a grados alcohólicos más altos y perfiles sensoriales diferentes.
En zonas tradicionales de clima fresco, como algunas áreas de Patagonia o del Valle de Uco alto, se empieza a observar un comportamiento que antes era típico de regiones más cálidas. A su vez, la disminución del caudal en ríos cordilleranos y la creciente competencia por el agua agravan el panorama para los próximos años.
Lo que dicen los científicos
Estudios del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) y del INTA coinciden: hacia mediados de siglo, las principales regiones vitivinícolas del país podrían enfrentar un aumento de entre 1,5 y 2,5 °C, con mayor variabilidad en las precipitaciones. Las áreas que hoy disfrutan de noches frescas podrían perder parte de ese diferencial térmico tan valioso para la calidad enológica.
Los modelos climáticos proyectan también un corrimiento de las zonas de cultivo hacia áreas más altas o más australes, buscando temperaturas más moderadas y disponibilidad de agua. Esto ya se observa en otros países: en España, bodegas tradicionales de Rioja y Ribera del Duero están plantando en altitud; en Chile, se expande la frontera vitivinícola hacia el sur; en Francia, ensayan variedades mediterráneas en Burdeos.
“En la región vitivinícola de Cuyo, los modelos de cambio climático muestran reducciones de las precipitaciones níveas en cordillera, retroceso de glaciares y aumento de precipitaciones en zonas de llanura. Esto puede ocasionar cambios en la fenología del cultivo, adelanto de etapas y cambios en los procesos fisiológicos relacionados al rendimiento y potencial enológico de las uvas”, advirtieron María Georgina Escoriaza, Emilia Mazzitelli, Jorge A. Prieto, Jorge Perez Peña, Fabián Tozzi y Daiana Mateo, expertos de la EEA Mendoza y la EEA Junín INTA.
Como consecuencia de esto, los especialistas aseguran que la solución que han encontrado los viticultores es la búsquedas de regiones con mejores condiciones: “Esto ha hecho que la viticultura esté explorando nuevas zonas de mayor altitud y de mayor latitud, como así también el comportamiento de variedades tradicionales y no tradicionales en esas nuevas zonas”, aseguraron.


Pero la aptitud de la zona no es la única salida, también, la adaptabilidad de las plantas ha sido un aspecto estudiado por las instituciones científicas. “En el tema varietal, en el INTA, se han analizado más de 300 muestras de viñedos antiguos de distintas localidades del oeste de Argentina, concluyendo que la diversidad de cultivares argentinos y sudamericanos es mayor de lo que se creía. Actualmente, se cuenta con una colección de más de 60 variedades rescatadas que se evalúan en su potencial enológico. Esta diversidad genética, patrimonio vitícola de Argentina y de Sudamérica, constituye una herramienta valiosa como alternativa de diversificación y de adaptación al cambio climático”, indicaron.
Cabe recordar que la colección de vid del INTA en Mendoza es una de las más importantes a nivel mundial, destacándose como la mayor del hemisferio sur. Está ubicada en Luján de Cuyo y es considerada un banco de germoplasma clave que conserva cerca de 700 variedades de uvas, incluyendo criollas, portainjertos e híbridos, fundamental para la investigación genética y la enología.
Tecnología y adaptación: un nuevo enfoque para el viñedo
Así como las instituciones realizan investigaciones y aplican tecnología, empresas privadas también hacen lo suyo para encontrar herramientas concretas que se presenten como una solución efectiva a los problemas que hoy enfrenta el sector. Así, aparecen tres grupos destacados:
-Selección varietal y portainjertos resistentes
En un contexto de creciente variabilidad climática, la vitivinicultura argentina profundiza su reconversión a partir de decisiones agronómicas cada vez más específicas. Víctor Barroso, CEO de Vivero San Nicolás contó que en su caso trabajan con 10 portainjertos y cerca de 60 variedades, una base genética que permite ajustar la implantación en función de variables como tipo de suelo, disponibilidad hídrica y amplitud térmica.
En Mendoza, el 1103 Paulsen se posiciona como el portainjerto predominante por su alto vigor y eficiencia en la exploración radicular. “Le proporciona a la planta un gran desarrollo de raíces, lo que le permite explorar más suelo y tolerar mejor condiciones adversas”, explicó Barroso, en referencia a su desempeño en suelos pobres o pedregosos.
También mencionó materiales como Ramsey o Salt Creek, de comportamiento fisiológico similar, y el 5BB, de ciclo más corto, que se adapta a regiones de menor acumulación térmica como Neuquén y Río Negro, particularmente en variedades sensibles como Pinot Noir.
A nivel varietal, dentro de Vitis vinifera, la elección se vincula estrechamente con la fenología y la ventana de cosecha. “Todo depende de dónde estés y del propósito de tu producción”, resumió, aludiendo a la necesidad de compatibilizar ciclos con objetivos enológicos.
Asimismo, en paralelo a las plantaciones dedicadas a la elaboración de vino, emergen nuevos esquemas productivos, como el desarrollo de pasas en San Juan, que demandan genética específica (variedades apirenas) y portainjertos adaptados. “La vitivinicultura se está reinventando. En base al propósito del productor y la zona del país en la que se desenvuelva nosotros desarrollamos las plantas que necesitan”, mencionó el experto.


En el caso de Vivero Mercier, ellos desarrollan un programa integral enfocado en innovación genética y adaptación. Las principales líneas incluyen la selección de clones de Malbec con mayor tolerancia a altas temperaturas, el estudio de nuevas variedades resistentes a enfermedades fúngicas obtenidas por hibridación, y la evaluación de portainjertos de alto vigor con tolerancia a sequía.
“Además, se analizan variedades no tradicionales y se implementan bloques de plantas madre certificadas, libres de virus, garantizando sanidad y trazabilidad. Este enfoque posiciona al vivero como referente tecnológico en el sector vitivinícola”, comentaron Daniel Bergamin y Laura Bree, quienes están al frente de Mercier.
Entre los resultados más relevantes que han dado sus investigaciones está la identificación de clones de Malbec que alcanzan madurez con excelente composición polifenólica y adecuada acidez, incluso en condiciones cálidas. “En variedades resistentes, se realizaron las primeras microvinificaciones de seis materiales con destacados resultados agronómicos y enológicos. También se detectaron variedades no tradicionales con alto rendimiento bajo estrés. En portainjertos, se destacan materiales como Kober 5BB, Teleki 5C y Ramsey por su eficiencia hídrica y vigor”, detallaron los especialistas.


En cuanto a lo que están buscando hoy los productores, Bergamín y Bree explicaron: “Principalmente, plantas certificadas en sanidad e identidad genética, junto con variedades resistentes y de alta eficiencia hídrica, claves para asegurar productividad y sostenibilidad”.
-Manejo inteligente del agua y del suelo
El riego por goteo de precisión, los sensores de humedad en tiempo real y los sistemas de telemetría permiten ajustar el agua aplicada según la necesidad exacta de cada planta. Las cubiertas vegetales y el manejo orgánico del suelo ayudan a conservar la humedad y proteger la microbiota natural.
“Los sistemas de riego por goteo con los que trabajamos superan el 94% de eficiencia en el uso de agua. Eso permite que tengamos un aprovechamiento superior a los sistemas tradicionales, como por ejemplo, por manto o surco, que tienen un 40% o 50%”, destacó Mario González, quien tiene la representación de Rivulis, una de las compañías líderes en el segmento.


Asimismo, estudios investigadores del INTA, Conicet, la UNCuyo y el laboratorio de servicios especializados en microbiología enológica Biovin, han demostrado que la presencia de comunidades microbianas activas en la rizosfera “promueve la ingesta de nutrientes y mejora la resiliencia de los cultivos”, al tiempo que optimiza la eficiencia en el uso del agua en condiciones de estrés hídrico.
En esa línea, distintas coberturas vegetales aportan materia orgánica, mejoran la estructura del suelo y favorecen la infiltración y retención hídrica, reduciendo la evaporación y la erosión.
–Viticultura de precisión y monitoreo climático
Como lo contó a Fruto Andrés Riquelme, ingeniero agrónomo de Smart Growth, el uso de drones en viticultura está impulsando un cambio estructural en la gestión de los viñedos, tanto en eficiencia operativa como en toma de decisiones.
Uno de los principales avances se ha dado en la pulverización: “Pasamos de usar 500 o 1.000 litros por hectárea a 30 o 50 litros como máximo”, lo que reduce costos, tiempos y exposición a agroquímicos. Además, la capacidad operativa se multiplica, ya que “con el drone en ese tiempo podemos hacer prácticamente 30 o 40 hectáreas”.

En paralelo, la incorporación de herramientas de agricultura de precisión permite transformar imágenes en datos accionables. “Buscamos llevar las imágenes a datos duros que permitan tomar decisiones mucho más rápidas”, explicó Riquelme, destacando el uso de mapas NDVI para ajustar riego, fertilización y tratamientos de forma diferenciada.
En Smart Growth son distribuidores oficiales de DJI Agriculture y se especializan en pulverizaciones, mapeos e I+D para la agricultura y la minería. El enfoque integral combina tecnología y criterio agronómico: “No solamente queremos pulverizar, sino darle una solución económica y efectiva al productor”. En este sentido, el objetivo es que el servicio represente una inversión: “El resultado tiene que ser muchísimo mayor a lo que se gastó”. Así, la tecnología se posiciona como clave para mejorar la rentabilidad en un contexto vitivinícola cada vez más complejo.
-Los beneficios de actuar a tiempo
Las bodegas y productores que adoptan estas tecnologías no sólo protegen su producción, sino que también ganan competitividad. Entre los principales beneficios destacan una mayor estabilidad en los rendimientos y calidad de la uva, aun en años climáticamente adversos; un ahorro de agua y energía, con impacto directo en costos y sostenibilidad; certificaciones ambientales que abren puertas en mercados internacionales exigentes; información de precisión que permite decisiones técnicas y comerciales más seguras; y la revalorización del terroir, al conservar la identidad local pese a los cambios climáticos.
Incorporar estas herramientas no requiere ser una gran bodega: muchos sistemas de sensorización y software hoy son accesibles, modulares y escalables.
Financiamiento de inversiones
Equipos y software de gestión y monitoreo mencionados -desde sensores y sistemas de riego inteligente hasta plataformas de trazabilidad o análisis climático- pueden financiarse mediante líneas de crédito para inversión productiva.
Organismos como el Fondo de Transformación y Crecimiento (FTyC) del Gobierno de Mendoza, el Banco de la Nación Argentina y diversas entidades bancarias privadas ofrecen actualmente programas de financiamiento específicos para el sector vitivinícola, con tasas preferenciales y plazos adecuados al ciclo agrícola. Estas herramientas facilitan que los productores y bodegas puedan incorporar tecnología y adaptarse al cambio climático sin comprometer su capital de trabajo.
En el caso del Banco de la Nación Argentina, la oferta contempla cada etapa de la producción vitivinícola. Con su segmento AgroNación Préstamos ofrece alternativas de financiamiento para empresas que desarrollen la actividad en pesos exclusivamente para MiPyMEs para gastos de cosecha y acarreo de uva y/o gastos de elaboración de productos vitivinícolas; y en dólares para capital de trabajo.
Sin un límite de montos en pesos y en dólares, se puede devolver en un plazo de hasta 360 días en pesos, amortizable o con pago único al vencimiento, mientras que en dólares, hasta 180 días con pago único al vencimiento.
Este financiamiento se articula con el Fondo para la Transformación y el Crecimiento (FTyC), que reduce el costo financiero mediante subsidios directos y también otorga créditos propios para vendimia con tasas fijas cercanas al 20% anual y plazos de hasta 12 meses, orientados principalmente a productores de menor escala.
En paralelo, el FTyC despliega líneas de inversión con plazos de 36 a 60 meses, destinadas a riego presurizado, malla antigranizo e infraestructura, con tasas por debajo de mercado. También incluye financiamiento para contingencias climáticas, con condiciones más flexibles en amortización.
Por su parte, el Consejo Federal de Inversiones (CFI) canaliza crédito hacia pymes con tasas subsidiadas, plazos de hasta 48 meses para inversión y 24 meses para capital de trabajo, orientado a agregado de valor, modernización y promoción externa.
Las condiciones vigentes y formularios de acceso pueden consultarse en los siguientes links:
Banco de la Nación Argentina
Fondo de la Transformación y Crecimiento Mendoza
Consejo Federal de Inversiones
El costo de no adaptarse
Ignorar el cambio climático puede ser más caro que enfrentarlo. Las bodegas que no ajusten su manejo al nuevo escenario se exponen a consecuencias como la pérdida de calidad en los vinos, por desbalances en la madurez de la uva; una menor rentabilidad, debido a la baja productividad o el aumento de costos por riego y energía; a riesgos sanitarios y fitopatológicos en expansión por las nuevas condiciones climáticas; y desplazamiento del mercado, frente a competidores que ya ofrecen vinos sustentables y trazables.
La vitivinicultura siempre fue una industria de equilibrio fino entre naturaleza y técnica. Hoy, ese equilibrio exige innovación. Incorporar tecnología, planificar con información climática y diversificar variedades no es una opción: es una inversión para sostener el futuro de cada viñedo, cada bodega y cada familia vitivinícola.


